Escrituroterapia y arteterapia

No hay invención u originalidad en estos pequeños artículos que realizo. Lo que expreso, ya lo han dicho muchas otras personas antes. Solo intento hacerlo lo mas accesible posible. Esto en si es un artificio puesto que no es sencilla la arteterapia ni tampoco el campo psicoterapéutico.

Dicho esto me planteé este artículo lleno de referentes. Y así tiene que ser cuando el artículo se publica en una revista científica o específica como Papeles de arteterapia. Pero mi interés es otro, menos ambicioso y más modesto. Generar debate, conversacion y a veces divergencias y exponer mi punto de vista, que no es único,  inamovible o perfecto.

Dicha esta justificación hace tiempo que quería hablar de escritura. Como en todo relato y gracias al tránsito por la formación de artes visuales y educación, me di cuenta de la importancia de situar el contexto. Mientras en algunos profesionales se borra la identidad del arteterapeuta, yo quiero reivindicar mi propia biografía laboral/personal/profesional como motor de mi manera de acompañar. Porque el contexto habla de mi y de mi biografía y mi contexto no solo tiene relación con mi identidad individual sino también con mi identidad grupal y laboral en el aparecen todas las personas que me han/nos hemos tocado y nos hemos resignificado, queriendo o sin querer.

Conocí con veinte años a Mónica Cano en el centro Fem Cultura. Ella en aquella epoca era especialista en escriuta creativa (años más tarde por casualidad descubrí que también era arteterapeuta de mi misma linea; jean-pierre klein). Durante cuatro años pude participar en procesos de escritura creativa que me abrieron un mundo nuevo. Recuerdo con mucho cariño lo maravilloso que era conocer a mis compañeros a través de su estilo literario, del juego de sus palabras, de sus personajes, sus repeticiones, sus tramas… En Mónica Cano encontraba pasión, alegría, misterio, expectativas, encontraba un movimiento telúrico que contagiada a los que allí estábamos por un deseo de mostrar y compartir lo más íntimo sin desvelar nada de lo propio. Todo era un recorrido a través de nuestra fantasía, esa fantasía que habla sin desnudar a la vez que desnuda sin hablar.

De entonces han pasado más de diez años y me encuentro acompañando una persona maravillosa que me ha vuelto a conectar con la pasión por escritura. En el acompañamiento a través de escrituroterapia, he descubierto como el trabajo a dos enriquece el proceso y cómo el relato es fundamental para dar sentido a la propia vida. Pasar de un estado apático a un estado activo, donde la ficción es el verdadero motor de vida.

Esto me hace pensar en la de relatos que se pierden por el camino por miedo al fracaso:

Yo no sé escribir

Yo no valgo la pena

No tengo nada que decir

Escribo mal

No puedo hacerlo

Quiero ser como tal o cuál autor

Pero cuando se acompaña el relato desde una posición de arteterapeuta, esas resistencias, que son sanas, lógicas y neuróticas, y en las cuáles me incluyo, pasan a un segundo plano. Porque el interés se desplaza de ese “yo no sé escribir” al “¿Y qué más le sucede a ese personaje?” Porque en el deseo sincero del arteterapeuta por saber ese “qué más sucede” nace un motor para la persona que se coloca en el rol de paciente. No es un simulacro, al igual que disfruto leyendo una novela, viendo una serie de televisión, porque quiero saber cómo continua, cuando una persona escribe, tiene una producción teñida de sorpresa. Giros en las frases, en la trama que te hacen sorprenderte y lo más importante, dan cuenta de una parte de la persona que no se desvelaría si no fuera a través de la escritura.

Esa sorpresa aumenta cuando se deja reposar el relato de una sesión a otra, se retoma, y se lee en voz alta, por parte de la voz ajena del arteterapeuta y entonces se encuentra el extrañamiento:

¿Eso lo he escrito yo? ¿Seguro?

Esa enajenación transitoria que también sucede con las producciones plásticas que se dejan reposar y se observan con el tiempo, permite que se instalen nuevas miradas dentro de uno mismo.

Si soy capaz de extrañarme de mi mismo y ser un extranjero de mi propio ser, también soy capaz de ampliar los límites de quién creo ser y puedo inventarme nuevos territorios donde vivir.

Por eso abogo por un acompañamiento de la escritura, porque además, existe la opción de narrar, relatar y dar voz a las palabras, tanto por parte del paciente como por parte del arteterapeuta y en esa entonación de la narración oral, en ese dar cuerpo a la narración, vuelve a resignificarse una espiral sonora casi infinita que va construyendo un cosmos único e irrepetible.

Hay por lo tanto  un testimonio del relato que no juzga, que da apoyo (el arteterapeuta)  para que la persona produzca escritura, se explaye y se sumerja allí y pueda suspender su “yo neurótico” por ese “yo ficcional y creador” y quizá, con un poco de suerte, más direccionado hacia la vida.

Además la persona, si logra dejar a un lado su represión o por lo menos suspenderla ni que sea intermitentemente puede presentar relatos donde todo tiene cabida:

Fantasía, terror, veneno, violencia, aburrimiento, dolor, alegría, superación, duelo, malestar.

Ni que decir que la pasión no la descubre el arteterapeuta en el paciente, el arteterapeuta sabe de la pasión del paciente, porque sabe que el paciente tiene en si mismo las herramientas necesarias para construir un mundo literario. Esa certidumbre absoluta también permite que el paciente vuelva a recordar que alguna vez el cuento se convirtió en algo placentero, en una manera de construir y entender el mundo y de compartir un espacio -nunca separado del todo, pero no tan junto como para ensamblarse- entre la llamada ficción y la llamada realidad.

Como diría Christopher de Vareilles

¿Cuando fue la última vez que sentiste placer dibujando (escribiendo)?

 

 

 

 

 

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