Recuperando el álbum de fotos

De pequeño, mi madre sacaba los álbumes de fotos y me explicaba parte de su vida a partir de ellos. No solo había esa explicación, si no que también podía ver el cambio en el diseño y formato de las fotografías: tonos sepia, blanco y negro y color. En la parte interior había fechas apuntadas y nombres de los eventos.

Cada cierto tiempo, la nostalgia de mi madre la llevaba allí.  Su boda, viajes, mis hermanos, primos… Y cerca, en una caja marrón de tapa semitransparente había un paquete de diapositivas que se consultaban menos ya que requerían de proyector. Había una lupa cuadrada con una pequeña luz para aumentar la imagen.

Conforme iba creciendo cuando iba de viaje, llevaba los carretes para rebelar y después fabricaba sus álbumes.  Parece que el álbum de fotografías era un ser privilegiado de la familia y una manera de explicar la historia familiar.

De hecho, el álbum devino paulatinamente un repositorio de sonrisas en el que no había cabida para el conflicto ni la tragedia: sólo era admisible tener momentos dichosos a fin y efecto de preservar el mito de un clan armónico.

Tal como comenta Jaume Fuster, la disposición de cada sujeto en las imágenes era determinada. Con respecto a la sonrisa y la felicidad, con Susana Rangel trabajamos la investigación con los niños desde las pedagogías visuales y culturales (integrado dentro del master de educación y artes visuales ).

Nos propuso traer fotografías en las que apareciéramos de pequeñas. Todas las alumnas trajimos fotografías de distintas épocas. Normalmente aparecían escenas de personas sonrientes. Susana nos preguntó a cada una: ¿Te sentías feliz de pequeña? Todas contestábamos que sí sin reflexionar, porque así tenía que ser:

Infancia=Inocencia=Felicidad

Pero si ahondabas un poco más, si respirabas, era la nostalgia de ese momento la que emergía y no tanto la felicidad sentida. Porque para muchas personas, si rascabas, no existía esa pretendida felicidad, era una felicidad de simulacro. Así que resultaba que la infancia no estaba tan emparentada con la felicidad y la inocencia como el contrato social impone.

Fotografía=Felicidad

De hecho, si la fotografía no es felicidad es porque también ha sido agredida. O bien rompiendo la fotografía, o eliminando aquellas personas que ya no son amigas, han abandonado a sus hijos, te han hecho daño, etc.  Joan Fontcuberta, habla sobre aquellas fotografías en las cuáles se elimina a una persona, o bien por una separación, un duelo, etc. y la persona no renuncia a la figura en abstracto del esposo y padre, a su fantasía de familia completa, simplemente expulsa al traidor, elimina la disonancia que perturba arrancándolo o borrándolo.

Los álbumes de fotografías, son la eliminación de una disonancia, del fuera de cámara, es la congelación de momentos que simulan perfección o felicidad. En este momento, gracias a las redes sociales, la disonancia no solo se elimina sobre una fotografía impresa, es que directamente se retoca en el dispositivo todo en uno utilizando el filtro beauty face, penalizando cualquier emoción que no sea positiva, evitando las arrugas, grietas de la piel, los paisajes abyectos, megaproduciendo los lugares haciendo 50 fotografías y escogiendo la mejor, posando para buscar la equiparación con los medios publicitarios.

Fotografía=Éxito=Poder

Este resquebrajamiento en los álbumes, se sustenta en la desaparición del soporte físico (mítico carrete de fotos) y simboliza el declive actual del álbum familiar empieza a explicarse por la propia crisis de la organización familiar en las sociedades postindustriales y la eclosión de sistemas de convivencia que desafían el concepto clásico de parentalidad. ¿Cómo seguir documentando algo que se desvanece?

Ahora nos conformamos con acumular en exceso la virtualidad. De ahí que las propuestas de la postfotografía no sean los álbumes si no crear estructuras o lógicas de parentesco entre las imágenes. La fotógrafa se convierte en una narradora y organizadora de estructuras y ella es la encargada de proponer una suerte de significados.

De hecho se puede consultar en este artículo el decálogo de la postfotografía.

  1. Sobre el papel del artista: ya no se trata de producir “obras” sino de prescribir sentidos.
  2. Sobre la actuación del artista: el artista se confunde con el curador, con el coleccionista, con el docente, con el historiador del arte, con el teórico… (cualquier faceta en el arte es camaleónicamente autoral).
  3. En la responsabilidad del artista: se impone una ecología de lo visual que penalizará la saturación y alentará el reciclaje.
  4. En la función de las imágenes: prevalece la circulación y gestión de la imagen sobre el contenido de la imagen.
  5. En la filosofía del arte: se deslegitiman los discursos de originalidad y se normalizan las prácticas apropiacionistas.
  6. En la dialéctica del sujeto: el autor se camufla o está en las nubes (para reformular los modelos de autoría: co-autoría, creación colaborativa, interactividad, anonimatos estratégicos y obras huérfanas).
  7. En la dialéctica de lo social: superación de las tensiones entre lo privado y lo público.
  8. En el horizonte del arte: se dará más juego a los aspectos lúdicos en detrimento de un arte hegemónico que ha hecho de la anhedonia (lo solemne + lo aburrido) su bandera.
  9. En la experiencia del arte: se privilegian prácticas de creación que nos habituarán a la desposesión: compartir es mejor que poseer.
  10. En la política del arte: no rendirse al glamour y al consumo para inscribirse en la acción de agitar conciencias.

Ubicándonos en este lugar de organización de lo imposible, de la crianza de fotografías huérfanas que se depositan en discos duros en la nube como google fotos, Dropbox, OneDrive.

¿Dejaremos que las lógicas algorítmicas de una máquina nos sugieran álbumes digitales, momentos, creen vídeos “emotivos”?

o

¿O nos haremos cargo del destino de esas fotografías?

La primera opción es casi irremediable, pero de la segunda nos podemos hacer cargo, de generar otro tipo de fotografía, dónde seamos artífices de las narrativas, o definitivamente dejemos de hacer fotografías.

Bibliografía:

El texto en cursiva de todo el artículo pertenece a: Fontcuberta, Joan. La furia de las imágenes: notas sobre postfotografía (2016). Editorial Galaxia Gutemberg

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Limitar sin afecto; el caso Luis |#DiaES|#Edusoday2018|

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#DiaES : 2 de Octubre de 2018, día Internacional de la Educación Social 

Cuando finalicé la diplomatura de educación social, allá por 2007, recuerdo como Violeta Núñez -magnífica profesora-, nos recomendó que nos colegiáramos.

Era una manera de mantenernos activos, críticos, en contacto con otros profesionales del ámbito social e invertir en la profesión.

Así lo hice, no solo por su recomendación, si no por la necesidad de contar con el respaldo del colegio profesional.

Gracias a haberme colegiado, puedo acceder, entre otras cosas, al servicio de ocupación y orientación profesional.

Me escribió María Figueras (técnica de comunicación del colegio de educador@s sociales de Cataluña), para preguntarme, al igual que a otr@s colegas de profesión, si quería participar en la celebración del Día Internacional de la Educación social.

¿Pero cuál era el requisito de participación para celebrar el #DiaEs #Edusoday2018 y #Thefinestjobintheworld?

Pues algo arriesgado: ¿Cómo ser educador/a social y no morir en el intento?

Es decir, describir un error que haya cometido en mi vida laboral y profesional, porqué creo que fue un error, como debería haber actuado y qué he aprendido.

En la profesión de la educación social errar, no solo es de sabios, si no que es algo muy común.

Comencé a bucear entre mil errores, malentendidos, complicaciones, de uno u otro trabajo. Pero dejé que fuera mi mente y mi emoción la que trajera un error, que recuerdo con posibilidad de mejora.

Limitar sin afecto: el caso Luis

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El contexto en el que se produjo es en pisos terapéuticos para personas con problemas de adicción y/o toxicomanías. Recuerdo que estabamos realizando la reunión terapéutica de los martes. Estávamos todos los profesionales implicados: dirección del centro, coordinadora, trabajadora social, educador@s sociales, integrador@s sociales, responsable de farmacia y mantenimiento y psicóloga.

En esas reuniones se trabajaba la manera de abordar cada caso. Se analizaba de manera integral a la persona, y finalmente se concluía con una devolución semanal en que enfatizávamos aquello que debía mejorar y aquello que había mejorado.

Había una persona, de la cuál era tutor, lo llamaré Luis, que me había manifestado, de una manera bastante correcta, que no se sentía bien en el taller de teatroterapia, que no le veía el sentido y que venía a desgana. Que había estado yendo por no saltarse ninguna norma del centro, pero me pedía por favor no realizarlo.

Trasladé esta información al equipo terapéutico, y estuvimos hablando de la necesidad de trabajar la frustración ante contextos/personas con los que uno no escoge relacionarse (compañero@s de trabajo, jef@s, etc.) y  la necesidad de escuchar y tener en cuenta el desacuerdo de la persona.

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Como marco, la tipología de este centro terapéutico, es directiva. Al inicio de tratamiento, punto en el que estaba Luis, la persona no tiene casi margen de movimiento. No pueden utilizar por ejemplo el movil, siempre van acompañados, y todo lo que plantean tiene que ser valorado por el equipo terapéutico. Ese es el elemento de control.

El problema surgió cuando la profesional de teatroterapia, llamó en mitad de la reunión de equipo terapéutico, para decir que Luis había boicoteado la sesión de teatroterapia, diciendo que era una “mierda” y que yo le había dado permiso para no asistir a la misma.

Dirección, al escuchar esta versión se envalentonó diciendo que eso no podía permitirse y que la devolución era que o bien aceptaba ese taller o bien podía marcharse del recurso. Justamente en ese momento subía Luis a oficinas preguntando por mí.

Pero cuál fue la sorpresa que tuvo al ver que primero salía la directora del centro y yo detrás, intentando mediar en el asunto. Sin embarbo, en mitad de la entrada, habiendo otros usuarios del centro, le dijo que tenía terminantemente prohibido no asistir a teatroterapia y que su comportamiento debía ser ejemplar o allí tenía la puerta.

Mi rol se desdibujó, precisamente, porque yo debía establecer un vínculo de confianza, y mediar para poder “él” no ir a teatroterapia o por lo menos renegociar su asistencia. Hubo rifi rafe…. entre Luis y dirección y en mitad del enfado Luis me dijo:

Me has fallado, porque no me has defendido frente a dirección, y tú eres el único que me puedes defender. Ya no puedo confiar más en tí. No me voy a ir de aquí, voy a cumplir las órdenes, pero no estoy de acuerdo con vuestras respuestas.

Si analizo la situación des de fuera, veo totalmente lógico, que se hubiera visto atacado, indefenso, sin apoyos, y es normal que me cuestionara.

De hecho pienso que parte del asunto se hubiera resuelto de mejor manera hablando en un despacho y no de manera impulsiva.

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Tardé muchos meses en volverme a ganar su confianza, unos meses que fueron muy difíciles, porque durante un proceso terapéutico, se producen muchos altibajos, y cada pequeño bache con aquellos que representávamos el poder de la institución (básicamente el equipo terapéutico), le remitía a aquel momento en que se sintió vulnerable, como un eco de otros momentos de vulnerabilidad que había tenido a lo largo de su vida y que le habían llevado al consumo.

Es díficil resolver la situación, porque sucedió una actuación no pactada por el equipo terapéutico y no es raro que haya decisiones en las que no todos los miembros estén de acuerdo. Des de luego, hubiera tenido que mediar con dirección, para que no hubiera ninguna devolución en caliente, si no, de manera meditada, contextualizando las dificultades de Luis, teniendo en cuenta las aportaciones tanto mías como del resto del equipo.

Romper la confianza de una persona, es sumamente delicado y doloroso, y más cuando las personas tienen muchas grietas de otras caídas, grietas que producen las drogas, las ausencias de figuras de afecto, duelos mal resueltos… Una cosa es que la persona tenga que aumentar su capacidad para afrontar la vida con menor frustración (por ejemplo, tolerar el realizar el taller quincenalmente), y otra intentar que el camino le sea más difícil (obligarle a elegir entre el taller o el tratamiento).

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Para poner un límite lo que hay que hacer como profesionales es entrever cómo ese límite afectará a corto, medio y largo término a la persona. Y conforme se vaya fortaleciendo su autoestima, aumentar la intensidad, para que gane de mayor autocontrol y capacidad de contención. Si no se interiorizan los afectos, tampoco se pueden interiorizar los límites.

Ya que he comentado esta experiencia, si quereís compartir experiencias laborales similares o que os hayan hecho reflexionar sobre vuestra profesión, estaré encantado de leerlas; ya sea de educación social, arteterapia, inserción laboral o cualquier otra profesión de ámbito social.

un abrazo a tod@s l@s educador@s sociales.

Por supuesto a mis otras amadas profesiones, como son arteterapeutas e insertor@s laborales.

Enlaces de interés (están en idioma catalán todos):

  • Viu l’educació social (cat)
  • Carnaval de blogs (cat)
  • Celebrem i construïm la professió (cat)

Si queréis participar en la celebración podéis usar alguno de los siguientes hashtags

CarnavalBlogs_cast

#DiaES #Edusoday2018 #Thefinestjobintheworld

De la fotología a la arteterapia

Hace unos años realicé el master de artes visuales y educación en la Universidad de Barcelona (si estás interesada/o en la página web general de la formación puedes consultar este enlace).

Allí, además de conocer a Fernando Hernández, pude especializarme en la concurrencia entre las artes visuales, la educación y el construccionismo. Para mí fue una formación integral, que me permitió ampliar la mirada, ser más crítico y contemplar la investigación des de un lugar interrelacional.

Dentro de la formación conocí a José María Barragán, que impartía la asignatura Educación Artística, Perspectivas Críticas y Práctica Educativa Hablando con él, me recomendó si tenía la oportunidad de leer la tesis de David Vinuales. Esto se debía a que sabía de mi interés por la arteterapia, y él mismo había dirigido su tesis.

Pasó el tiempo, y finalmente no consulté la tesis, pero seguía resonando el nombre de David.  Hace poco, navegando por una conocida web de compra online, vi que estaba disponible el libro del camino de la Fotologia.

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No soy una persona especializada en fotografía, aunque como todo ser mortal, me gusta fotografiar objetos, personas y espacios. Me interesa la fotografía como experimentación, para realizar collagge, crear texturas, y sobretodo en su aspecto de postproducción: poder cambiar los colores, perspectivas, añadir texto, incluirla en una edición de video… Pero me faltaba encontrar la manera para llevarlo al territorio de la arteterapia.

Estoy acostumbrado al trabajo que maneja distintos lenguajes artísticos, especialmente la plasticoterapia, la escritura y el movimiento, pero no he profundizado en las posibilidades de la fotografía.

Como bien sabido es en arteterapia, uno de los ejes importantes, es el acompañamiento con una técnica que el/la profesional domine. Va a ser complejo que pueda acompañar a una persona mediante la fotografía, si yo mismo no conozco su funcionamiento tanto técnico como expresivo. Además, como arteterapeuta, se torna fundamental la actualización y realización de procesos de investigación creativa.

Ahora bien, hay una peculiaridad en la fotografía, y que aparece resaltado en el texto de Fotología, que es la universalidad de la imagen. Hoy en día casi cualquier persona dispone de un smartphone, y esto brinda la posibilidad de fotografiar (y ser fotografiado). De hecho, las cámaras compactan han dejado paso a smartphones con una buena calidad fotográfica (más allá de las limitaciones obvias del dispositivo). Además de las innumerables fotografías que acontencen en las redes sociales, aparecen aplicaciones de postproducción para cambiar el formato, el color, la exposición, etc.

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¿Qué es lo que aporta la fotología a la arteterapia?

Una visión des de un marco narrativo, fenomenológico (incluso existencial) que enfatiza la fotografía, como un lugar de significado, una manera de explicarse el mundo y a si mismo/a. Como ese objeto/artefacto fotográfico, tiene múltiples miradas, matices, diálogos… que hablan de quién fotografía, y su marco cultural e identitario.

¿Fototerapia o fotología? 

Casi desde el inicio del ensayo de Fotología, se plantean la distinción con la fototerapia. No lo plantea cómo algo dicotómico, si no como un nuevo espacio que amplía la fototerapia.

Siendo una de las principales diferencias el hecho que desde la fotología es posible adquirir conocimiento tanto sobre si mismo/a como del mundo y como una forma de pensamiento. Ya que en cada fotografía o acto de fotografiar la persona deja su huella, su cultura, su lenguaje, su emoción…

Estoy haciendo un resumen muy burdo e interpretativo del texto. Recomiendo para una mayor profundidad la lectura del mismo.

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¿Cómo adaptar la fotografía a la arteterapia?

En Internet hay muchísimas dinámicas para incluir la fotografía como investigación, creación, punto de inicio, resumen, recuerdo, etc. En cuanto a actividades de pretexto se pueden usar:

  • Banco de imágenes de diferencias tonalidades cromática
  • Banco de imágenes de abstractas
  • Banco de imágenes de personas, acciones, objetos, animales, espacios, lugares…

En cuanto a imágenes, además de poderlas encontrar en revistas, diarios, etc. se pueden encontrar en páginas de Internet y redes sociales.

Esto sería una actividad de la que partir, pero una vez iniciado el proceso de creación, lo interesante es que la persona sea productora de su propia identidad:

  • Recorrido fotográfico de los lugares que visita la persona
  • Objetos que toca en su día a día
  • Aquello que ve cuando mira hacia arriba (cielo, techo de un vagón de metro, plafones, lámparas, árboles, nubes…)
  • Lo que hay a sus pies (tierra, flores, cemento, baldosas, agua, charcos, grietas, agujeros…).

Con cualquiera de estas propuestas, se puede generar un álbum, un artefacto, una caja, forrar objeto con esas imágenes, realizar collage, etc.

Las propuestas pueden ser casi infinitas, y el contactar con lo genuino, lo propio y generar un nuevo discurso aumenta la potencialidad de la persona y una resignificación de su estar-en-el-mundo.

En la página web de David Viñuales, podéis encontrar tanto información de su libro, como cursos que realiza de fotología :

http://davidvinuales.org/

Autobiografías y otros relatos de ficción

Sucede, que de tanto en tanto, me sumerjo en alguna autobiografía. A veces es la casualidad la que me invita, y otras veces el interés por una autora o autor del cuál he leído un ensayo, artículo o entrevista.

No soy especialista en literatura, y tampoco considero que tenga un bajage cultural suficiente como para poder hacer una lectura crítica o profunda de aquello que leo.

Pero le doy valor a la opinión sobre lo que leo. Aquello que me toca y me traspasa, tiene alcance y da significado los hechos de mi propia vida, y a los escenarios culturales, sociales e históricos en los que vivo.

Por mis manos han pasado libros, que si ser autobiográficos, me han tocado, porque su afán no residía en objetivizar la realidad, si no en relatarla sin desdibujar su sujeto: Alexander Lowen en un claro ejemplo, como mediante su narrativa, explica la metodología de la bioenergética sin desaparecer, y creando desavenencias por el camino.

Por otro lado, existen autores como Victor Frankl, que en su libro “El hombre en busca del sentido“, relata con crudeza lo que le permitió sobrevivir al campo de exterminio nazi.

Un libro mucho más actual es el diario de Zatla, que me horrorizó sobremanera, describiendo el conflicto bélico de la guerra de Yugoslavia, y acercando a mi realidad española, la posibilidad de una guerra.

También ha pasado por mis manos, la autobiografía de Elisabeth-Kübler Ross “la rueda de la vida”, libro que, en un determinado momento, entrelaza realidad y fantasía. Por supuesto, he visitado a Sigmund Freud, que mediante su propia vida, sus investigaciones, y su visión de los sujetos, relató de manera multidimensional, muchos de los pacientes con los que tuvo relación terapéutica. Acercando el lado humano y contradictorio del aparato psíquico, a la población general.

Entre estos libros ha aparecido un extraño, una biografía no autorizada de Truman Capote, que da cuenta, de la complejidad del ser humano y de los múltiples destinos fatales de la adicción.

Pero hoy quisiera centrarme, en dos libros que estoy leyendo de manera simultanea. El segundo de los cuáles es del neurólogo Oliver Sacks, “En movimiento“. Es interesante, porque no hubiera caído en su biografía, de no haber leído “el hombre que confundió a su mujer con un sombrero” . Un libro sobre relatos de pacientes, con distintas problemáticas neurológicas. Es un libro con mucho sentido en mi trayectoria, ya que he trabajado en centros sociosanitarios, también en residencias geriátricas y con personas con trastornos craneoencefálicos.

El otro libro que estoy leyendo, me lo recomendó un paciente de los pisos de reinserción de personas con problemas de adicciones y toxicomanías, Capacitats21, en los que trabajo actualmente. Se trata de una biografía de cinco tomos cuyo autor es Karl Ove.

Ambos libros los vinculo, porque rezuman autenticidad. Pero el de Karl Ove, dentro del tedio y la monotonía que a veces presenta, es completamente actual. Porque toca con firmeza la realidad de nuestro contexto, especialmente el occidental blanco. No parece censurar aquello que piensa, ni tampoco lo que no debe ser pensado, muestra sus miserias, pero no con la intención visceral de repartirlas y despreocuparse, si no que parece querer decir “Esto, que es muy poco, soy yo, y yo, no soy solo yo, si no que soy a la vez tu, y nosotros, y este deschecho es nuestro producto”.

No ensalza la figura occidental del hombre blanco, con dinero, machista, atravesado por el cuestionamiento de su rol, si no que relata las miserias porque sabe que es prescindible, y que su grandeza no es literaria, ni es humana, puesto que “no es”. Su grandeza, si es que la supone, sería en narrar aquello que vivió y vive.

Oliver Sacks afirma a lo largo de su autobiografía que su psicoanalista le salvó la vida. A Karl Ove le hizo comenzar a escribir, la muerte de su padre, en circunstancias muy complejas.

La escritura es una llave, que abre y cierra puertas. A veces puede ordenar, a veces subsumir, a veces deprimir y otras veces permite encontrar una salida. Los seres humanos, repetimos miles de veces la universalidad de nuestras emociones y circunstancias. Para cuando yo empecé a escribir, el mundo ya estaba en pie, y toda referencia a lo que para mí era novedoso, estaba escrita. De hecho, cualquier palabra que pueda poner en cualesquiera de los artículos de opinión de este blog, tengan o no referencia a mí o a los demás, en el fondo y en la superficie, no me pertenece. Nací en un mundo del lenguaje que no cree.

No se trata de no responsabilizarme de mis opiniones, si no de reconocer, que la originalidad desapareció en cuanto salí del vientre de mi madre.

El interés por las biografías, nace para poder explicarme a mi mismo. Conforme más leo, más cuenta me doy, que aquello que pienso no me pertenece. Mis palabras son ajenas, y dónde yo me he quedado, un acto que creía profundo, otros lo han ahondado y superado.

¿Cómo liga esto con arteterapia? He comentado en otras ocasiones, de la importancia que le doy a la escritura creativa, al acto de escribir y narrar desde la ficción. Llegado el caso, tengo la sensación que la autobiografía, no deja de ser una ficción, en un punto concreto de la persona. Es una ficción, puesto que es tanta la subjetividad y tan azarosos los recuerdos, que seguramente nada sucedió, pero es lo que la persona (re)significa, y autoexplica. En arteterapia se intenta que la persona, no caiga en una autoexplicación de quién es, si no que narre lo que es posible ser desde la ficción. Su poder personal, emerge dejando de lado su yo más cotidiano.

¿Que es lo que quiero ejemplificar? A algunas personas sencillamente, les es imposible dejar de escribir. Tengan o o tengan un don para la escritura, experiencia, criterio o inteligencia.

Ese gran motor, alejado de la represión y la censura, la autopista constante, es tremendamente difícil de activar y mantener cuando el deseo se ha camuflado, debajo de una capa de tristeza o angustia.

¿Cómo activó su motor cada una de las personas? Hay un cierto misterio, en la particularidad del deseo. Quisiéramos muchas veces poder generalizar procesos, actos, personas y grupos. Quisiéramos establecer pautas generales. Quisiéramos tener mucho más control de los demas, para no sentir la inseguridad de la incertidumbre. Pero el psiquismo es mucho más complejo, por lo menos si no se quiere caer en la tentación del único peso en el relato, que se le otorga al diagnóstico.

Cada persona decidió escribir y cada persona ordenó ese escrito, y a su vez lo compartió con un/a corrector/a, un editor/a… Le sucedió en carne propia el proceso de escribir, reescribir, recapitular, rechazar, borrar, romper, arrepentirse, perderse en el abismo…

A veces se piensa en la escritura como una actividad solitaria, y bien es cierto que requiere de un tiempo, pero, el libro no le pertenece al autor/a si no al mundo. Un libro, un relato, un cuento, es una elección de estar en el mundo, es una manera de decir “existo” y una manera de no perecer.

El texto de la importancia toca, atraviesa, aleja y acerca el fracaso, fluye y se atasca, y se relaciona conmigo y mi entorno.

También puede solidarizar la amargura y crea un mundo nuevo. Como Christian Andersen, cuya terrible infancia plasmó en un sinfín de cuentos y personajes. Y dijo de si mismo:

Soy como el agua, a la que todo agita, y en la que todo se refleja

Educación social y adicciones

Me encuentro en mitad de la avenida de Roma, en un día lluvioso de Barcelona. Varias personas me han dicho que va a llover y mucho. El aire golpea mi espalda y estoy reflexionando. Ahora puedo permitírmelo con más calma porque acabo de salir de trabajar.

Hay un balcón de esos que tienen los alambres curvados que sobresalen un poco, con esa especie de remate metálico que da la vuelta hacia si mismo. Delante de mí tengo una hilera de palmeras pequeñas, con el tronco lleno de hojas entrelazadas, parece una trenza que nace del suelo y acaba en el cielo.

Y paralelamente, para mí alegría, a mi derecha hay una fila de plataneros, con su pequeña plaga de polen e insectos de color blanco, que se posan por todos los lados.

Los coches no paran de circular,  algunas personas siguen trabajando mientras otras han salido ya del trabajo.

Estoy a punto de finalizar la segunda parte del libro de Kalr Ove Mi Lucha y no sé muy bien porqué lo estoy leyendo. Me recuerda la importancia de narrar la biografía, pero al pensar en narrar la propia…hay que enfrentarse a tantos demonios y derrotar tantos tabúes que la tarea se hace inasumible.

El otro día pensaba en la idea social sobre las personas que tienen problemas de adicción y a la vez, la imagen que tengo yo. Llevo casi dos años con personas que han probado casi todo tipo de drogas (o tóxicos). Tienen tantos nombres que a uno le cuesta acostumbrarse: yonquis, drogadictos, enganchados, viciosos…

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Pero la realidad de las drogas es demasiado heterogénea como para que pueda ser resumida en una sola imagen, y aún así en los imaginarios populares solo aparece gente demacrada, totalmente destruida y consumida, un sedimento más relacionado con la época de los ochenta, las jeringuillas y la heroína que con la actualidad. Me encuentro con personas que han pasado una temporada en una comunidad terapéutica y que cuando vienen al pisos de reinserción están más repuestos física y emocionalmente.

El trabajo es arduo, no es para nada sencillo, pero es una oportunidad y un reto constante. Tener un enganche, una dependencia, dejarlo todo para ser consumidos por una droga, evaporarse y desaparecer en cada calada, raya o trago… es comprensible. No puedo dejar de comprender que haya gente que arruine su vida, que desconecte del mundo y que se enganche, porque la vida muchas veces es eso, un pozo de insatisfacción constante, un cúmulo de responsabilidades cuyo sentido se pierde en una ristra de quehaceres. En medio de ese torbellino rutinario aparece un hueco, un vacío, un agujero que todo lo engulle.

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Entonces estas personas pasan de soportar la vida a ser incorporadas en una vida que se sostiene a partir de un estado influido por la droga. La vida no puede vivirse sin ese estado, es menos vida, es una pared frágil, más porosa. Y cuando verdaderamente se sostienen sin la droga, con la inmensa cantidad de fármacos que les recetan médicos y psiquiatras, les parece que todavía no pueden. ¿Es normal sentir esto que siento? No puedo soportar vivir sintiendo lo que siento en este momento y todavía me quedan 23 horas por vivir. Se hace imposible lo cotidiano y solo queda como escapatoria el próximo chute, la próxima dosis, el próximo escape. Paralelamente se inicia una confabulación mental para volver a la droga cuanto antes, ocupando minutos, horas y días en esa tarea de vuelta al refugio de lo soportable.

Entre esas aguas de incesante lucha y ambivalencia, de encuentro y desencuentro, es desde donde hay que establecer un vínculo que reconozca las dificultades pero que ponga límites a la transgresión. Porque en la adicción, la compulsión es desaforada, y ya nada es suficiente, todo falta, falta el padre, la madre, los hermanos, el mundo, y solo hay hambre de soledad, de contacto con uno mismo que solo logra establecerse mediante el tóxico.

Entonces es cuando aparece el educador social, que hace de educador social y también de terapeuta, es una mezcla curiosa e interesante, para proponer un pacto: yo no puedo ser tu droga, ni siquiera puedo sostenerte, no confío al 100% en ti y dudo de tus posibilidades porque debes demostrar(te)me que hay una parte de ti que quiere cambiar, pero  igualmente voy a estar presente en cada uno de tus pasos.

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A diferencia de otros ámbitos, decirle a la persona que va a conseguirlo, es engañarla. Porque conseguirlo puede implicar dejar las drogas para siempre. Ningún vínculo, muy fuerte que sea puede lograr esa tarea tan complicada. La confianza plena, el apoyo ante todas sus acciones, acertadas y desacertadas,  es engañarte con que todo lo puedes conseguir. Precisamente esa es la promesa de la droga, puedo tenerlo todo. En cambio, cuando se le dice que lo que se puede conseguir es parcial, la cosa cambia. Si no todo lo puedo conseguir, tampoco puedo estar sintiéndome bien todo el día. Sentirse bien todo el día no es síntoma de normalidad, si no una fantasía prometida por la droga. De esta manera poco a poco va a poder tolerar una cierta cantidad de malestar que no limite las áreas sociales, laborales, formativas, familiares o de ocio.

¿Así debo vivir, con esta falta? Yo no quiero vivir con esta falta, quiero lo que antes tenía; un estado en el que desaparecía y a la vez estaba. Y la realidad vuelve reaparece irrumpiendo con fuerza: tu no puedes tener el efecto mediante la droga, porque tus relaciones, tu economía, se llenó de deudas, de impagos, de relaciones truncadas, de apuestas incumplidas…, de dolor y de culpa. Lo que si puedes hacer es empezar a construir un artefacto mediante el cuál pueda ser soportable la vida.

Ese es el papel del educador social, facilitar las herramientas para que la persona construya su artefacto. Y quién diga que tiene la llave exacta, y que ha curado a muchas personas con problemas de adicción, miente. Se pone en una lógica de la droga que todo lo puede.

A veces me coloco en una posición en que le digo a la persona que: Podré acompañarte mientras la droga no te aleje de mi , y debes elegir entre la droga y yo, porque no soy compatible con la droga, no puedo ni quiero compartirme con la droga.

Quizá, en otros momentos de mi vida, frente a otras personas y problemáticas, mi propuesta hubiera sido crear vínculos en que la persona pudiera escoger si quiere drogarse o no, pero verdaderamente, en este ámbito, por lo menos al inicio de un tratamiento no es posible escoger. Es necesario construir el artefacto que le haga soportable vivir. Luego, más adelante, quizá, con el paso de muchos años, podrá sostener un consumo que no le haga perder la vida.