Educación social y adicciones

Me encuentro en mitad de la avenida de Roma, en un día lluvioso de Barcelona. Varias personas me han dicho que va a llover y mucho. El aire golpea mi espalda y estoy reflexionando. Ahora puedo permitírmelo con más calma porque acabo de salir de trabajar.

Hay un balcón de esos que tienen los alambres curvados que sobresalen un poco, con esa especie de remate metálico que da la vuelta hacia si mismo. Delante de mí tengo una hilera de palmeras pequeñas, con el tronco lleno de hojas entrelazadas, parece una trenza que nace del suelo y acaba en el cielo.

Y paralelamente, para mí alegría, a mi derecha hay una fila de plataneros, con su pequeña plaga de polen e insectos de color blanco, que se posan por todos los lados.

Los coches no paran de circular,  algunas personas siguen trabajando mientras otras han salido ya del trabajo.

Estoy a punto de finalizar la segunda parte del libro de Kalr Ove Mi Lucha y no sé muy bien porqué lo estoy leyendo. Me recuerda la importancia de narrar la biografía, pero al pensar en narrar la propia…hay que enfrentarse a tantos demonios y derrotar tantos tabúes que la tarea se hace inasumible.

El otro día pensaba en la idea social sobre las personas que tienen problemas de adicción y a la vez, la imagen que tengo yo. Llevo casi dos años con personas que han probado casi todo tipo de drogas (o tóxicos). Tienen tantos nombres que a uno le cuesta acostumbrarse: yonquis, drogadictos, enganchados, viciosos…

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Pero la realidad de las drogas es demasiado heterogénea como para que pueda ser resumida en una sola imagen, y aún así en los imaginarios populares solo aparece gente demacrada, totalmente destruida y consumida, un sedimento más relacionado con la época de los ochenta, las jeringuillas y la heroína que con la actualidad. Me encuentro con personas que han pasado una temporada en una comunidad terapéutica y que cuando vienen al pisos de reinserción están más repuestos física y emocionalmente.

El trabajo es arduo, no es para nada sencillo, pero es una oportunidad y un reto constante. Tener un enganche, una dependencia, dejarlo todo para ser consumidos por una droga, evaporarse y desaparecer en cada calada, raya o trago… es comprensible. No puedo dejar de comprender que haya gente que arruine su vida, que desconecte del mundo y que se enganche, porque la vida muchas veces es eso, un pozo de insatisfacción constante, un cúmulo de responsabilidades cuyo sentido se pierde en una ristra de quehaceres. En medio de ese torbellino rutinario aparece un hueco, un vacío, un agujero que todo lo engulle.

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Entonces estas personas pasan de soportar la vida a ser incorporadas en una vida que se sostiene a partir de un estado influido por la droga. La vida no puede vivirse sin ese estado, es menos vida, es una pared frágil, más porosa. Y cuando verdaderamente se sostienen sin la droga, con la inmensa cantidad de fármacos que les recetan médicos y psiquiatras, les parece que todavía no pueden. ¿Es normal sentir esto que siento? No puedo soportar vivir sintiendo lo que siento en este momento y todavía me quedan 23 horas por vivir. Se hace imposible lo cotidiano y solo queda como escapatoria el próximo chute, la próxima dosis, el próximo escape. Paralelamente se inicia una confabulación mental para volver a la droga cuanto antes, ocupando minutos, horas y días en esa tarea de vuelta al refugio de lo soportable.

Entre esas aguas de incesante lucha y ambivalencia, de encuentro y desencuentro, es desde donde hay que establecer un vínculo que reconozca las dificultades pero que ponga límites a la transgresión. Porque en la adicción, la compulsión es desaforada, y ya nada es suficiente, todo falta, falta el padre, la madre, los hermanos, el mundo, y solo hay hambre de soledad, de contacto con uno mismo que solo logra establecerse mediante el tóxico.

Entonces es cuando aparece el educador social, que hace de educador social y también de terapeuta, es una mezcla curiosa e interesante, para proponer un pacto: yo no puedo ser tu droga, ni siquiera puedo sostenerte, no confío al 100% en ti y dudo de tus posibilidades porque debes demostrar(te)me que hay una parte de ti que quiere cambiar, pero  igualmente voy a estar presente en cada uno de tus pasos.

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A diferencia de otros ámbitos, decirle a la persona que va a conseguirlo, es engañarla. Porque conseguirlo puede implicar dejar las drogas para siempre. Ningún vínculo, muy fuerte que sea puede lograr esa tarea tan complicada. La confianza plena, el apoyo ante todas sus acciones, acertadas y desacertadas,  es engañarte con que todo lo puedes conseguir. Precisamente esa es la promesa de la droga, puedo tenerlo todo. En cambio, cuando se le dice que lo que se puede conseguir es parcial, la cosa cambia. Si no todo lo puedo conseguir, tampoco puedo estar sintiéndome bien todo el día. Sentirse bien todo el día no es síntoma de normalidad, si no una fantasía prometida por la droga. De esta manera poco a poco va a poder tolerar una cierta cantidad de malestar que no limite las áreas sociales, laborales, formativas, familiares o de ocio.

¿Así debo vivir, con esta falta? Yo no quiero vivir con esta falta, quiero lo que antes tenía; un estado en el que desaparecía y a la vez estaba. Y la realidad vuelve reaparece irrumpiendo con fuerza: tu no puedes tener el efecto mediante la droga, porque tus relaciones, tu economía, se llenó de deudas, de impagos, de relaciones truncadas, de apuestas incumplidas…, de dolor y de culpa. Lo que si puedes hacer es empezar a construir un artefacto mediante el cuál pueda ser soportable la vida.

Ese es el papel del educador social, facilitar las herramientas para que la persona construya su artefacto. Y quién diga que tiene la llave exacta, y que ha curado a muchas personas con problemas de adicción, miente. Se pone en una lógica de la droga que todo lo puede.

A veces me coloco en una posición en que le digo a la persona que: Podré acompañarte mientras la droga no te aleje de mi , y debes elegir entre la droga y yo, porque no soy compatible con la droga, no puedo ni quiero compartirme con la droga.

Quizá, en otros momentos de mi vida, frente a otras personas y problemáticas, mi propuesta hubiera sido crear vínculos en que la persona pudiera escoger si quiere drogarse o no, pero verdaderamente, en este ámbito, por lo menos al inicio de un tratamiento no es posible escoger. Es necesario construir el artefacto que le haga soportable vivir. Luego, más adelante, quizá, con el paso de muchos años, podrá sostener un consumo que no le haga perder la vida.

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Escrituroterapia y arteterapia

No hay invención u originalidad en estos pequeños artículos que realizo. Lo que expreso, ya lo han dicho muchas otras personas antes. Solo intento hacerlo lo mas accesible posible. Esto en si es un artificio puesto que no es sencilla la arteterapia ni tampoco el campo psicoterapéutico.

Dicho esto me planteé este artículo lleno de referentes. Y así tiene que ser cuando el artículo se publica en una revista científica o específica como Papeles de arteterapia. Pero mi interés es otro, menos ambicioso y más modesto. Generar debate, conversacion y a veces divergencias y exponer mi punto de vista, que no es único,  inamovible o perfecto.

Dicha esta justificación hace tiempo que quería hablar de escritura. Como en todo relato y gracias al tránsito por la formación de artes visuales y educación, me di cuenta de la importancia de situar el contexto. Mientras en algunos profesionales se borra la identidad del arteterapeuta, yo quiero reivindicar mi propia biografía laboral/personal/profesional como motor de mi manera de acompañar. Porque el contexto habla de mi y de mi biografía y mi contexto no solo tiene relación con mi identidad individual sino también con mi identidad grupal y laboral en el aparecen todas las personas que me han/nos hemos tocado y nos hemos resignificado, queriendo o sin querer.

Conocí con veinte años a Mónica Cano en el centro Fem Cultura. Ella en aquella epoca era especialista en escriuta creativa (años más tarde por casualidad descubrí que también era arteterapeuta de mi misma linea; jean-pierre klein). Durante cuatro años pude participar en procesos de escritura creativa que me abrieron un mundo nuevo. Recuerdo con mucho cariño lo maravilloso que era conocer a mis compañeros a través de su estilo literario, del juego de sus palabras, de sus personajes, sus repeticiones, sus tramas… En Mónica Cano encontraba pasión, alegría, misterio, expectativas, encontraba un movimiento telúrico que contagiada a los que allí estábamos por un deseo de mostrar y compartir lo más íntimo sin desvelar nada de lo propio. Todo era un recorrido a través de nuestra fantasía, esa fantasía que habla sin desnudar a la vez que desnuda sin hablar.

De entonces han pasado más de diez años y me encuentro acompañando una persona maravillosa que me ha vuelto a conectar con la pasión por escritura. En el acompañamiento a través de escrituroterapia, he descubierto como el trabajo a dos enriquece el proceso y cómo el relato es fundamental para dar sentido a la propia vida. Pasar de un estado apático a un estado activo, donde la ficción es el verdadero motor de vida.

Esto me hace pensar en la de relatos que se pierden por el camino por miedo al fracaso:

Yo no sé escribir

Yo no valgo la pena

No tengo nada que decir

Escribo mal

No puedo hacerlo

Quiero ser como tal o cuál autor

Pero cuando se acompaña el relato desde una posición de arteterapeuta, esas resistencias, que son sanas, lógicas y neuróticas, y en las cuáles me incluyo, pasan a un segundo plano. Porque el interés se desplaza de ese “yo no sé escribir” al “¿Y qué más le sucede a ese personaje?” Porque en el deseo sincero del arteterapeuta por saber ese “qué más sucede” nace un motor para la persona que se coloca en el rol de paciente. No es un simulacro, al igual que disfruto leyendo una novela, viendo una serie de televisión, porque quiero saber cómo continua, cuando una persona escribe, tiene una producción teñida de sorpresa. Giros en las frases, en la trama que te hacen sorprenderte y lo más importante, dan cuenta de una parte de la persona que no se desvelaría si no fuera a través de la escritura.

Esa sorpresa aumenta cuando se deja reposar el relato de una sesión a otra, se retoma, y se lee en voz alta, por parte de la voz ajena del arteterapeuta y entonces se encuentra el extrañamiento:

¿Eso lo he escrito yo? ¿Seguro?

Esa enajenación transitoria que también sucede con las producciones plásticas que se dejan reposar y se observan con el tiempo, permite que se instalen nuevas miradas dentro de uno mismo.

Si soy capaz de extrañarme de mi mismo y ser un extranjero de mi propio ser, también soy capaz de ampliar los límites de quién creo ser y puedo inventarme nuevos territorios donde vivir.

Por eso abogo por un acompañamiento de la escritura, porque además, existe la opción de narrar, relatar y dar voz a las palabras, tanto por parte del paciente como por parte del arteterapeuta y en esa entonación de la narración oral, en ese dar cuerpo a la narración, vuelve a resignificarse una espiral sonora casi infinita que va construyendo un cosmos único e irrepetible.

Hay por lo tanto  un testimonio del relato que no juzga, que da apoyo (el arteterapeuta)  para que la persona produzca escritura, se explaye y se sumerja allí y pueda suspender su “yo neurótico” por ese “yo ficcional y creador” y quizá, con un poco de suerte, más direccionado hacia la vida.

Además la persona, si logra dejar a un lado su represión o por lo menos suspenderla ni que sea intermitentemente puede presentar relatos donde todo tiene cabida:

Fantasía, terror, veneno, violencia, aburrimiento, dolor, alegría, superación, duelo, malestar.

Ni que decir que la pasión no la descubre el arteterapeuta en el paciente, el arteterapeuta sabe de la pasión del paciente, porque sabe que el paciente tiene en si mismo las herramientas necesarias para construir un mundo literario. Esa certidumbre absoluta también permite que el paciente vuelva a recordar que alguna vez el cuento se convirtió en algo placentero, en una manera de construir y entender el mundo y de compartir un espacio -nunca separado del todo, pero no tan junto como para ensamblarse- entre la llamada ficción y la llamada realidad.

Como diría Christopher de Vareilles

¿Cuando fue la última vez que sentiste placer dibujando (escribiendo)?