Investigando conmig@ mism@

Durante una temporada, debido a una caída y la posterior fractura de mi muñeca izquierda, tuve que realizar un parón obligado. En ese parón, además de estar en contacto conmigo mismo, aproveché para leer diversos libros que tenía pendientes:

-El camino de la Fotologia : de las fototerapias a la fotografía  de David Viñuales

El entusiasmo de Remedios Zafra

La furia de las imágenes de Joan Fontcuberta

Encuentro con la sombra: El poder del lado oscuro de la naturaleza humana de Connie Zweig

Louise Bourgeos de Patricia Mayayo

Todo apuntaba hacía una misma idea, idea repetida en mi cabeza, cuya respuesta era por falta de tiempo:

¿Por qué había parado de crear?

Era una pregunta que me hacía muchas veces… ¿Qué es lo que me frena para realizar un proceso de creación por y para mí mismo? Es cierto que el hecho de trabajar tenía algo que ver. Durante ese tiempo trabajaba a jornada completa con personas que tienen problemas de drogas y/o toxicomanías en Capacitats21. Ese tiempo invertido en el trabajo consumía una energía y la restante la usaba para intentar despejar mi mente y responsabilidades cotidianas (comprar, limpiar, cocinar…).

Llevo años reflexionando sobre cómo afectan a la atención y al estado anímico, las nuevas tecnologías, las plataformas VOD (video bajo demanda), la presencia de Internet las 24 horas en todo tipo de dispositivos, y el exceso de procrastinación debido al mismo hecho. Surge una especie de diógenes digital, una acumulación en todo tipo de plataformas online, redes sociales, fotografía móvil, memes, correo electrónico.

No existe el producto físico en el ámbito digital, no existe mi mano tocando la fotografía que he hecho con mi smartphone, además, la memoria olvida pronto la bacanal de fotografías producidas en un mes, incluso en una sola semana o día. Estas quedan almacenadas en servidores de países extranjeros.

En mi infancia, no existía internet, habían ordenadores bastante limitados, por lo tanto la base de mi juego consistía en lo analógico, sobre todo: plastilina, dibujar, bailar, cantar, tente, lego y playmobil. Solía inventar comics y también revistas ficticias, con noticias ficticias, héroes, monstruos, coches, narraciones con la máquina de escribir Olivetti de mi madre.

Poco a poco, a medida que fui creciendo, el ordenador conectado a Internet, inrrumpió como dispositivo todo en uno. Al inicio o bien lo conectabas a Internet o bien hablabas por teléfono fijo con familiares y amistades. No eran compatibles ambas acciones.  Y en poco tiempo, las pantallas fueron nuestra vida casi al 100 por ciento. Y todo es compatible, instantáneo, alcanzable, inmediato.

Un parón que revitaliza

Para cuando caí con la bicicleta al suelo, ya sabía que ese era el único parón que me permitiría detenerme de verdad. El parón me permitió, primero recuperar mi mano izquierda de la atrofia generada por la inmovilización de la fractura. Para ello debía ir dos horas cada día al centro de rehabilitación. Allí estaba prohibido el uso de móviles, leer revistas o cualquier actividad que no fuera dedicarme en cuerpo y alma a mi mano izquierda.

Ante tanto silencio, la falta de ir a trabajar debido a la baja,  acabó surgiendo en mi la necesidad de crear.

Porque si algo tiene el silencio y el monólogo interno es que permite hacer emerger lo que duele, moviliza lo que está anclado y siempre he utilizado el medio artístico para construir, destruir, desmembrar, entender y desatender la realidad.

También me atreví a probar una nueva herramienta, la fotografía, que tantos años había desechado pensando que no tenía talento. Si algo permite el arteterapia es utilizar los distintos lenguajes artísticos en beneficio propio.

La necesidad de un tiempo de creación para uno/a mismo/a

Puede parecer una obviedad, pero a veces, cuando se acompaña a otras personas en dificultad, uno se olvida de la importancia del propio acompañamiento artístico/creativo.

Es la típica frase de en casa del herrero cuchara de palo. Y pocas veces me he colocado en un proceso de creación que no involucre acompañar a otros, ya sea grupos, personas, talleres, formación, charlas, etc. Pero ese proceso de creación en soledad es tan interesante, productivo, valioso, nutritivo y necesario como acompañar a los demás.

Llevo años queriendo hacer una especie de esculturas sobre momentos de mi vida que han sido significativos para mí. Cómo si fuera una especie de trailer cinematográfico con objetos que me han marcado, pero objetos que estén velados y puedan ser interpretados libremente por las diversas miradas que puedan recibir.

Entonces, como muchas veces que me pierdo en el camino,  acudí a Louise Bourgoise. Ella, que jugó con las palabras, que reparó escenas de su vida, que revisitó una y varias veces, creó las celdas, arañas gigantes, jugó con conceptos psicoanalíticos…¿Y para qué hizo todo eso? ¿Para qué inventó objetos?

En una sociedad de la superproducción, de la exposición constante, de la necesidad de no parar… he redescubierto que parando emerge lo necesario. Creo que hay que redescubrirlo cada cierto tiempo, porque esta sociedad apaga los motores del deseo subjetivo, para encender  deseos ajenos, más vinculados con la industria que con un@ mismo.

Y reitero parando, porque no es haciendo. Es el parón, la hoja en blanco, el espacio de antiproducción, una especie de hueco profundamente contrario a la lógica capitalista y neoliberal de la venta constante de uno mismo como profesional altamente cualificado.

El encargo

Dentro de la inventida y del recorrido simbólico, he creado un título, una demanda, y fantaseo con espacios dónde exponer esas obras, colocándome en un rol de artista que investiga y da cuenta de lo humano y de lo indecible. A veces lo pequeño, lo mediocre, lo inacabado, el artbrut, genera ondas en el agua que pueden ser liberadoras.

A la hora de ir creando el proyecto de El Encargo, pensé ¿Quiero que estas producciones puedan ser vistas por los demás o solo en el espacio privado de mi casa? ¿De qué habla El Encargo? ¿De mí, de la sociedad, del contexto, de la historia, de Barcelona, de la vida?

El encargo es un anclaje con la vida, una invención, una manera de transformar la mierda en fertilizante, y no deja de ser una excusa para colocar el foco en mi persona como investigador y creador.

Conozco personas que llevan muchos años postergándose a si mismas. Quiero ubicar el foco en mí, un foco que reitera Remedios Zafra en su libro El entusiasmo: El derecho a la desconexión.

El empoderamiento, se desmarca de la utilidad práctica, va más allá de la profesión, enhebra un camino incierto que es gustoso de seguir, cuyo final es siempre desconocido.

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